¡Es la nación, estúpidos!. Por Santiago Abascal (VOX)

Opinión. El gran error de Rajoy es que, en vez de contestar las mentiras de los separatistas y hacer pedagogía en Cataluña, ha callado. Y el que calla, otorga.
Desde que el pasado 6 de septiembre los separatistas consumasen el golpe de estado que llevaban meses anunciando, hemos escuchado a los políticos contrarios al golpe decir, una y otra vez, que lo que se está perpetrando es un golpe contra la democracia. Rajoy, Saénz de Santamaría, Rivera… todos, absolutamente todos, han coincidido en sus declaraciones. Según ellos, es la democracia lo que está en juego. Pero esa es solamente una verdad a medias.

Fácil se lo ponen a los traidores, que responden a la acusación diciendo que, precisamente, lo democrático es celebrar un referéndum de autodeterminación. Y que para ellos la Constitución Española no significa nada, porque solo se sienten obligados por la soberanía de su nación, que es la catalana.

Y es que los acomplejados políticos del establishment, incapaces como son de pronunciar el nombre de España, yerran al señalar que lo que se está atacando es solo la Ley y el Estado de Derecho. Porque lo que se está poniendo en juego es algo mucho más grave: es la propia unidad de la Nación Española, en la que se fundamenta nuestro modelo de convivencia, nuestra Constitución y cualquier ley que se derive de la misma.

Durante años los separatistas han estado proclamando que Cataluña es una Nación y no han encontrado a nadie ni en el Gobierno ni en la oposición con el coraje suficiente para contestarles que la Nación es España. Y que Cataluña, por más que sea una comunidad autónoma en la que existe una lengua regional adicional a la española común, no ha sido nunca ni es una Nación, sino algo mucho más importante: una parte entrañable y querida de España.

El argumento de Rajoy de que el referéndum en Cataluña no es posible porque tendríamos que votar todos los españoles, no solo no convence en Cataluña. Es que, además, es una falacia. Por más que quisiéramos, los españoles actuales no podríamos romper la unidad de la Nación española por medio de un referéndum. Ese referéndum también sería inconstitucional. La Nación es anterior y superior a la Constitución.

En vez de dar argumentos de leguleyo, el Gobierno tendría que haber explicado que la unidad de la Nación española es un bien para todos los españoles. Porque el principal problema que tenemos en España es que los españoles no entendemos lo que es ser miembros de nuestra nación, o lo que es lo mismo, ser ciudadanos.

A menudo me encuentro con españoles que me dicen que para ellos ser español no es importante, porque ellos se sienten “ciudadanos del mundo”. O que lo que realmente es importante es ser ciudadanos de la Unión Europea. Pero ni el mundo ni Europa son los que nos otorgan los derechos de ciudadanía. Es la Nación española quién lo hace. No se puede ser ciudadano, si no se pertenece a una comunidad política. Y nuestra comunidad política, nuestra Patria, nuestra Nación indivisible, se llama España. Le pese a quien le pese.

La relación entre el ciudadano y la nación es una relación de doble lealtad. El ciudadano es leal con la Nación, respetando sus leyes y sus símbolos, contribuyendo a sus cargas económicas e incluso, llegado el momento, empuñando las armas para defenderla de sus enemigos. A cambio, el ciudadano tiene derechos de ciudadanía. Puede votar y ser elegido como representante público. Y, cuando se encuentra en dificultades, puede esperar el apoyo de su Nación.

Tenemos una inmensa suerte de ser españoles. Nuestra Patria es una de los mejores del mundo. Tenemos problemas, como todo el mundo. Pero, a pesar de unos degenerados políticos, hemos tenido una inmensa suerte de haber llegado a nacer -o ser- españoles.

Así, cuando un español está de viaje en el extranjero y se ve inmerso en una catástrofe natural, es la Nación española la que acude a su rescate sin reparar en medios. Cuando un pesquero español, sea de la región española que sea, es capturado por unos piratas, son soldados españoles los que se juegan la vida por rescatarlo. Cuando cualquiera de nosotros tiene una enfermedad grave, ahí está la sanidad pública española, una de las mejores del mundo. Y aunque mejorable, tenemos una educación pública universal desde primaria hasta la universidad. Y esto no es así en todos los países de nuestro entorno.

Romper la unidad de nuestra Nación sería una catástrofe para todos. Cataluña sería el comienzo. Después vendrían movimientos separatistas en otras regiones como el País Vasco y Galicia. Pronto llegaría el contagio a regiones limítrofes como Navarra y la Comunidad Valenciana. Para agravar las cosas, cada uno de estos nuevos estaditos no serían homogéneos. En ellos habría importantes bolsas de población leales a España, que mantendrían la nacionalidad española y, seguramente, serían discriminados por los gobiernos nacionalistas de esos oníricos estaditos. Acabaríamos todos siendo más pobres y tendríamos conflictos permanentes en nuestro suelo.

No me estoy inventando nada. Este tipo de situaciones existe en países como Estonia en el que un 30% de la población, a pesar de haber nacido en Estonia, es considerada rusa y no tiene derechos políticos ni puede salir libremente del país. Y quien piense que eso no puede pasar en la Unión Europea, le recuerdo que Estonia es un país de la Unión. Por no hablar de la triste historia de las repúblicas que componían la antigua Yugoslavia. Porque romper un país a las bravas es algo muy serio. Y siempre tiene consecuencias.

El gran error de Rajoy es que, en vez de contestar las mentiras de los separatistas y hacer pedagogía en Cataluña, ha callado. Y el que calla, otorga.

En vez de hacer ver a los catalanes y al resto de los españoles que tenemos que sentirnos afortunados por pertenecer a uno de los mejores países del mundo, ha preferido callar y refugiarse en argumentos puramente legales o económicos y amenazar a los catalanes con salir de la Unión Europea. En vez de convencer a los catalanes independentistas de que estaremos mejor unidos que divididos, ha preferido fumarse un puro a la espera de que la tormenta amainase.

Con el golpe de los traidores no sólo nos estamos jugando perder un trozo de nuestro suelo. Nos estamos jugando quedarnos sin nuestra Patria. Y ni tenemos, ni tendremos otra. Fuente: gaceta.es

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